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jueves, 28 de enero de 2010

AL CAER LA NOCHE.....

Con ojos tristes me asomo a tu noche blanca de invierno para no pensar en el calor de las chimeneas. Mis tristes ojos vagan por las ventanas donde sombras negras cobijan la figura de hombres, de mujeres, asomados a la misma ventana, en la misma ciudad, ciudad de cristal y hielo.

Ciudad de cristal herida por la luz, acuchillada por el ojo insomne, te prestas envuelta en delirio a mostrar tus atestadas calles vacías, tus edificios huecos sin vida. Y en medio del asfalto, fuera de la luz de los focos, los hombres cavan con sus manos agrietadas en busca del sustento, construyendo hilos para huir de ti, ciudad de cristal.

La noche es clara y brillante en tus avenidas, luciérnagas son quienes las transitan, ahuyentando con su mirada el lento paso de la manada, guiando sus pasos hacia cementerios sin luna; pero tus días son grises como el brillo metálico de las alambradas y las torretas, tus barreras, ciudad de cristal.

Bajo las sombras imponentes, donde no alcanza el rayo de sol extraviado, donde el aire huyó perseguido por el tubo de escape y la máquina derrotó a la brisa, las manos se afanan por acariciar el rescoldo del carbón de tus aceras, reteniendo cuanto no ha tocado la línea recta trazada sobre la sombra de las almas, ¿qué fue de vuestra alma, ciudades de cristal?

Dentro de tus túneles invisibles crecimos seguros del tiempo que nos era concedido, confiados a tu Ley, escrita en marquesinas y quioscos, en paredes profanadas. Pero, roto el cristal, rota la magia, nuestras cabezas asomaron al viento y al fuego, a las piedras y a la arena, materia del principio, pero no al agua o a la jungla, no al manglar que acoge a las bestias, al desierto sin huella.

Paisaje inerte y yermo, vacío sin rasgo, no es música lo que oyen mis oídos, no es perfume lo que inunda mi olfato, la rabia del estiércol y la carcoma es tu norma. ¿Quién limpiará tu maltrecho espíritu, ciudad de cristal?¿Quién tus calles y tu nombre?

Pero es tarde ya, indiferente a las maldiciones, ignorante de nuestras lágrimas, te extiendes plácida en estas horas. Y es tarde ya para buscar el surco en la tierra, la brizna de hierba prendida a tus adoquines o el secreto sendero del viento entre tus rascacielos. Con parsimonia cierro mi ventana, despidiéndome del viento frío, de las estrellas sin aliento, hasta otra noche cualquiera.

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